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La leyenda de Fura y Tena: el origen de las esmeraldas colombianas y mundiales

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La leyenda de Fura y Tena es un tesoro del patrimonio cultural de las regiones de Cundinamarca y Boyacá, los principales departamentos de extracción de esmeraldas de Colombia, primer productor mundial. Dos montañas, Tena y Fura, se elevan majestuosas sobre el río Guaquimay, Carare o Zarbi, y según la leyenda simbolizan la riqueza natural de la región, hogar de una selva indígena rebosante de vida. Eran venerados como lugares sagrados por los indios Muzos, testigos de su herencia espiritual.

Hoy en día, los habitantes de la región transmiten la cautivadora leyenda de Fura y Tena, que narra no sólo la aparición de las esmeraldas en Colombia, sino también la génesis de la humanidad. Este relato legendario tiene sus raíces en la mitología Muzo, una civilización precolombina que habitó la majestuosa cordillera de los Andes y fue la primera en descubrir las preciosas y cautivadoras piedras verdes conocidas como esmeraldas.

Ahora vamos a contarles la trágica historia de Fura y Tena, una leyenda que nos parece cautivadora.

El origen de la humanidad: creado por Fura y Tena

En el principio, cuando el mundo era aún joven y lleno de misterios, Are, el dios supremo, se erguía, majestuoso, creador de todo lo que había bajo el cielo. Su mirada, como una inmensa sombra inclinada, se posaba en las orillas del Gran Río Magdalena, atravesando la inmensidad del espacio con un vuelo lento y grácil. A cada latido de su deslizante pisada, las montañas y los valles parecían inclinarse en agradecido saludo a su creador.

Al llegar a las orillas sagradas del río, Are cogió un puñado de tierra y formó con amor dos ídolos, el Fura y el Tena. Luego, con un poderoso gesto, los arrojó a las claras aguas del torrente, donde fueron purificados por la espuma, recuperando así el aliento de la vida. Con ellos nacieron los primeros hijos de la raza humana, guiados por la mano benévola de Are.

El dios les enseñó los límites de sus tierras, los secretos de la agricultura, el arte de la alfarería y el tejido, y el valor para defenderse de los peligros de la naturaleza. Les dio libertad absoluta, y el sol, la luna y las estrellas para iluminar su camino. Pero, sobre todo, les concedió el privilegio de la eterna juventud, a condición de que su amor fuera puro y exclusivo. Cualquier infidelidad sería castigada con la vejez y la muerte para ambos amantes.

Así nació el pueblo de los Muzos, guiado por las sagradas enseñanzas de Fura y Tena. Pasaron los años y los siglos, pero el tiempo no hizo mella en ellos; permanecieron eternamente jóvenes y fértiles. En los albores de la veintena, cada Muzo partía en busca de una parcela de tierra en la que fundar un hogar, en total libertad, sin más obligación que venerar a sus antepasados divinos, los primeros seres de su mundo.

Y así, bajo la benévola mirada del supremo Are, los Muzos levantaron fértiles campos desde las montañas como muestra de su gratitud a los primeros seres, Fura y Tena, que tan fielmente habían seguido las enseñanzas del dios creador.

Turtur, Tununguá, Pauna, Canipe, Misuncha, Quípama, Oquima, Cubache, Sacán, Terama, Corauche, Acoque, Chánares, Bunque, Ibacapí, Macaguay, Cóquira, Quipe, Chungaguta, Maripi, Muzo, Cuacha, Guaquimay, Sosque, Isabí, Miabe, Boquipí, Purí, Quibuco, Pistoraque, Coper, Surapí, Itoco, Yanaca, Ancanay, Otanche… Estos nombres sonaban como tantos tributos, cada uno llevaba consigo la historia de la devoción de los Muzos a sus antepasados divinos. Cada campo, cada valle era testigo de la grandeza de su respeto por Fura y Tena, aquellos seres que tan valientemente habían seguido el camino trazado por el supremo Are, abriéndose paso a través de penurias hasta las sagradas aguas del Carare.

La búsqueda: del amor al sufrimiento

En silencio, los Muzos continuaron su laboriosa existencia, arrullados por el ritmo de sus días. Tras siglos de prosperidad, los descendientes de Fura y Tena, golpeados por el implacable peso de la mortalidad, exhalaron finalmente su último suspiro.

En el flanco occidental, donde antes había aparecido Are, surgió un joven de raro linaje en busca de una flor legendaria, cuya fragancia tenía el poder de aliviar todos los sufrimientos y cuyas esencias poseían la cura de todas las enfermedades. Este joven, llamado Zarbi, recorrió las montañas, cruzó los ríos y trepó a los árboles, buscando en todos los rincones la codiciada planta. Pero a pesar de sus incansables esfuerzos, el misterioso brote seguía siéndole esquivo, engañándole a cada paso.

Consternado por su infructuosa búsqueda, Zarbi decidió pedir ayuda a Fura, con la esperanza de encontrar en ella una aliada en su desesperada búsqueda. Con pasión, le describió las extraordinarias propiedades de esta codiciada planta. Conmovida por su angustia, Fura aceptó acompañarle en su búsqueda. Juntos se aventuraron en las montañas, pero con el paso del tiempo, los contornos de su relación empezaron a cambiar, y el impulso inicial de compasión se transformó gradualmente en un afecto más profundo.

En el corazón de la selva, mientras estaban inmersos en la búsqueda de la flor mística, se les presentó una astuta tentación: una flor venenosa con la muerte en sus pétalos.

Las acusaciones que resonaban en su conciencia, las palabras de Are surgiendo de lo más profundo de su alma, sumieron a Fura en una profunda tristeza. Con el peso de esta culpa, sintió que las marcas del tiempo se asentaban en su ser, prueba irrefutable de su infidelidad y presagio ominoso de su propia muerte.

Tena comprendió entonces que la sagrada ley del amor exclusivo, impuesta por Are, había sido transgredida por Fura y que su destino estaba sellado. Y, sin embargo, como castigo, la infiel tuvo que soportar una pena de lo más cruel: sostener en su regazo el cadáver del marido engañado durante ocho días, regar con sus lágrimas los restos de la inocente víctima y asistir así, con un dolor insoportable, al macabro proceso de descomposición humana.

El nacimiento de las esmeraldas

Afilando meticulosamente su cachiporra como si fuera una daga, Tena se tendió sobre las rodillas de Fura, clavándole la estaca en el corazón. La sangre brotó de la herida, manchando los pies de Fura con un manto carmesí, un mar líquido y ondulante, mientras su espíritu iniciaba su viaje hacia el sol, ese astro deslumbrante dado por Are para insuflarle vida. Sin embargo, antes de desaparecer para siempre, un último impulso de venganza se apoderó de ella.

En una tierra lejana, transformó a Zarbi en una roca desnuda, destinada a ser azotada por los rayos del sol, el firmamento de los Muzos.

Incluso petrificado, Zarbi contraatacó, se defendió y se vengó. Le arrancó las entrañas, convirtiendo la sangre que había alimentado su vida en un torrente impetuoso. Arrancó la maleza e inundó la tierra de Muzos. Pero mientras contemplaba a Fura, sosteniendo en su regazo el cuerpo inerte de Tena, se desataron las olas más tumultuosas, estrellándose contra los amantes, aislándolos para siempre. Se congelaron, petrificados, dos colosos esculpidos por las tumultuosas aguas, uno frente al otro eternamente, separados por la caudalosa corriente del río.

El dolor que atenazaba a Fura era inconmensurable. Aquellas pocas horas en las que sostuvo en su regazo el cuerpo inerte de Tena parecían extenderse hasta el infinito, cada instante cargado de una amargura milenaria. Sus remordimientos, sus lágrimas, se convirtieron en elementos vivos, inscritos para siempre en la historia de los Muzos. Sus gritos de desesperación, desgarrando el silencio de la selva, comenzaron a danzar en el aire como mariposas de alas brillantes. Y sus lágrimas, torrentes de dolor que intentaban en vano retener a su amado hijo, Itoco, se transformaron con las caricias del sol en una cordillera, las majestuosas Montañas de Esmeraldas.

Sin embargo, el trágico destino de Fura y Tena conmovió el corazón de Are. Desde su trono solar, les concedió su perdón, encomendando a la guardia de las rocas sagradas la vigilancia eterna de tormentas, rayos y serpientes. Las aguas del río Minero, la sangre de Zarbi, siguieron fluyendo, revelando, purificando y puliendo las esmeraldas de los Muzos, las joyas forjadas por las lágrimas de Fura, infiel pero arrepentida.

Desde entonces, los Muzos han construido su gran templo en la roca de Furatena, donde las leyendas se mezclan con los reflejos de las esmeraldas más preciosas. Sus minas rebosan no sólo de las gemas más ricas, sino también de las serpientes más venenosas y las mariposas más encantadoras, testigos vivientes de la tumultuosa historia de amor y traición que forjó su destino.

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Los autores : Caro & Romain

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